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Martina Martínez Tuya 

 

     Vuelta a clase

       (Artículo publicado en Granada Digital, Plaza Nueva)


     Martina Martínez
      01/02/05

  

 Las aulas han vuelto a abrirse.  El primer trimestre tendrá que tener su continuidad en este segundo y sería una pena que lo hiciera sin una reflexión seria sobre todo lo que ha sucedido en la enseñanza, sobre todo lo dicho, todo lo prometido y todo eso que ha circulado en las primeras páginas de los periódicos, en los titulares de las cadenas de televisión, en los mil artículos que sobre unas cosas y otras se han escrito.

El sistema escolar español ha quedado muy mal. Nos han suspendido. Eso no es nuevo. Lo nuevo es que la nota haya sido tan baja, más baja aún que la última vez – qué ya es decir -.

Parece que algunos se han extrañado. Esa era una situación cantada, algo que se sabía, que quizá se pretendía ignorar, pero que todo el que tenga alguna relación directa con la enseñanza conocía perfectamente.

Se ha vuelto a las aulas y creo que Papá Noel y los Reyes Magos no han sido precisamente generosos con la Escuela, con el Instituto.

Puede que nadie les haya escrito una carta para pedirles lo más importante, lo que es absolutamente necesario para que puedan seguir adelante.

¿Qué necesita la educación? ¿Qué necesitan los docentes? ¿Qué es necesario para los alumnos para que puedan ser tales?

Todos necesitan UNA ESPERANZA. Todos necesitan creer en la EDUCACIÓN.

Creer que es importante lo que tienen que hacer. Creer que es algo valioso para ellos y para los demás.

Los profesores necesitan, además, estar convencidos de que su trabajo es posible, que pueden hacer lo que deben, lo que se les encomienda.

Hay algo muy importante: unos y otros deben convencerse de que no serán las leyes – aunque buena falta hace una ley sensata, honrada y realista – ni los medios materiales – por mucho que se ofrezcan ordenadores y otras lindezas -, sino ellos mismos los que pueden hacer posible la educación en la exigencia del mundo actual.

Se ha criticado todo. Se ha criticado sin saber exactamente qué dice la ley actual, que decía la anterior, desde cuándo las cosas han ido caminando hasta el desastre. No se considera cuánto tiempo ha podido retenerse lo peor gracias a la inercia, a la postura difícil de los que no se han dejado llevar por los cantos de sirena de una progresía que, para colmo, jamás cumplió las leyes, ni las propias ni las ajenas.

Se ha expresado la impotencia de todas las formas imaginables y se ha hecho el peor daño que se puede hacer a los docentes – que no tienen más remedio que estar en el tajo – y a los alumnos, que tienen que sufrir la derrota moral de sus profesores.

La Escuela, el Instituto necesitan saber cuál es su sentido. Necesitan aceptar que están ahí para hacer posible que los alumnos adquieran las bases de la cultura racionalista ilustrada. Nunca se repetirá lo suficiente: esa cultura no es la cultura popular, no es una cultura de tipo tradicional, no se aprende por inmersión, no puede ser transmitida por los que no la tienen, por los que sólo tienen un pequeño barniz y el dominio de cuatro tópicos. No todos llegarán a conocerla, pero casi todos pueden ponerse en camino y llegar a dominar lo instrumental, aquello que les servirá de base para, quizá, un día poder completar sus conocimientos.

Hace años que la famosa campana de Gaus, esa que representaba la tabla de frecuencia de las notas, ha quedado destruida.

Ya no hay unos pocos que están muy bien, una masa que está ocupando el centro y unos poquitos que quedan atrás.

Ahora hay muy pocos bien – que si se mira con detenimiento no están demasiado bien -y todos los demás mal.

¿Qué ha sucedido? ¿Ha bajado el CI de la población? ¿Nadie hace nada  y el desastre no es mayor gracias a los ajustes y rebajas en las evaluaciones? 

¿Qué se pretende? ¿Se dice lo que se quiere realmente y se actúa en consonancia?

Este desastre viene de algo más de treinta años atrás. Ese es el tiempo que suelen tardar las ideas, las leyes educativas especialmente, en dar sus frutos en la realidad y con carácter general.

Recuerden o sepan que hace poco más de treinta años frente a un sistema escolar – que nunca fue propiamente elitista desde el punto de vista intelectual, por más que muchos quisieran que así hubiera sido – se alzaron los ecos de las voces del famoso 68. Ecos confundidos y fundidos con el marxismo de Gransci y algún otro.

Ecos que repudiaban la cultura académica, la cultura ilustrada, la cultura occidental. Ecos que repudiaban la simple educación que hasta hacía poco se llamó urbanidad y que era una forma de refinamiento capaz de hacer más fácil la convivencia en los espacios de la ciudad, en los mundos restringidos en los que las distancias siempre son cortas y lo grosero, lo soez no son sino formas agresivas que hacen todo más difícil. La escuela, el instituto, la familia como institución educativa debían ser barridas de la faz de la tierra y sustituidas por comunidades desinhibidas y libres, regidas por el sistema asambleario en el que todos: padres, profesores, alumnos, conserjes, vecinos etc. fueran iguales. No iguales como seres humanos o como ciudadanos, sino como miembros de las comunidades educativas. No habría responsables del saber, ni por supuesto de transmitirlo. Fuera toda coacción. Recuerden aquello del “Prohibido prohibir” y otras lindezas.

Examinar: represión al alumno

Aprobar o suspender: injusticia y represión.

Explicar: fuera las lecciones magistrales.

Deberes, tareas, estudio: los dos primeros fueron suprimidos en las escuelas por decreto. El estudio acabó unido indefectiblemente a la simple memorización obtusa y mecánica para ser aherrojado con todo lo demás.

Todo eso, más las luchas políticas que eligieron los centros de enseñanza como campo de batalla porque en ellos era fácil conseguir victorias y medallas sin arriesgar nada, sin tener que plantar batalla a la Administración (que hizo la mayor dejación de responsabilidad que es posible hacer). La violencia estaba en los centros y se ejercía contra los colegas, contra los alumnos que no estaban dispuestos a secundar a los héroes de pacotilla que, sin embargo, envalentonados como estaban podían ser muy crueles y muy destructivos.

La Escuela, el Instituto resistían como podían. Resistían cada vez menos, han resistido cada vez menos una vez descabezados por las jubilaciones y las entregas a la presión de los compañeros, la propaganda de cursos y cursillos y  la marea que llegaba de la sociedad que había sido embarcada en los mismos tópicos y las mismas presiones por los mismos charlatanes y todos aquellos que no quisieron quedarse fuera de prebendas y más tarde del simple “ser como todos y hacer lo que todos”.

 La educación ha quedado en manos de no pocos renegados de la educación. Se ha encargado la transmisión de la cultura ilustrada a muchos renegados de esa cultura – renegados o resentidos porque tampoco a ellos se les dio la oportunidad de adquirirla. En esas condiciones ha ido deteriorándose mientras el alumnado que se recibía en los centros estaba más y más contaminado por la ola que confundió al pueblo con el lumpen y que subió sus modos y sus contravalores al pedestal de lo modélico.

Fue fácil jugar al libertario, al liberador de alumnos, al apóstata de la cultura mientras las familias aún se esforzaban por educar a sus hijos, mientras los colegas aún se esforzaban por que aprendieran. Lo difícil es sobrevivir cuando ya son minoría los que aún hacen su trabajo, cuando al ser tan minoritarios sólo alcanzan a salvar sus clases y, aún eso, no siempre.

Aquí estamos. Se impone una regeneración. Toda regeneración se hace desde la creencia de que hay una posibilidad de reconducir las situaciones, que hay algo en los individuos que permitirá empezar desde otra dimensión, desde otra óptica, con otras estrategias.

¿Lo hay?  Sí, lo hay. Habrá que esforzarse por encontrar ese punto desde el que se pueda empezar a sobrevivir, a mejorar.

Puede que hasta no haga falta comenzar por cambiar la Ley.

 

 

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