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Martina Martínez Tuya 

 

    El porvenir de nuestras escuelas (IV)

       (Artículo publicado en Granada Digital, Plaza Nueva)

     Martina Martínez
      29/03/2004

 

      Intentando retomar el tema principal de esta serie de artículos, aunque volveré a insistir en la gravedad de la violencia que se ha instalado en la escuela y en el instituto ante la pasividad de las autoridades académicas, el silencio temeroso de los docentes y la ignorancia de la sociedad en su conjunto, esta vez mi guía no será Nieztche sino Hegel. Encontré en 'Principios de la Filosofía del Derecho' un párrafo muy aleccionador. Los tiempos de Hegel empezaban a ser ya los de la resaca del Naturalismo pedagógico llevado - como suele suceder - a los extremos más grotescos. Eran tiempos en los que se había olvidado que el niño va a la escuela no para quedarse en ella, sino para salir a la vida, y para hacerlo de forma diferente de cómo lo haría si no hubiera pasado años entre las cuatro paredes de un aula.

      Habrá que considerar en qué consiste realmente la escolarización. A un niño no escolarizado, no sometido a un aprendizaje sistemático, se le deja vivir en contacto con su entorno, aprendiendo de ese entorno, inmerso en las actividades que los mayores realizan en él, participando de la mañana a la noche en la vida de los adultos. Su aprendizaje se realiza en eso que hemos dado en llamar la inmersión y ese niño juega, disfruta, se fatiga compartiendo las actividades de sus mayores. Es más, estos mayores saben que han de estar pendientes de llamar su atención en aquellas cuestiones que le pasarían desapercibidas y que sin embargo ellos consideran muy importantes. Las dificultades, los riesgos, los problemas que el medio le plantean le llevan a preguntar, a fijarse, a pedir ayuda cuando la tarea encomendada es demasiado difícil o presenta complicaciones. Así aprende a vivir, a trabajar, a sentir, a comportarse, a reproducir una cultura que ha ido asimilando.

      Cuando un niño va a la escuela sale de su entorno y entra durante horas en el mundo vacío del aula. Es apartado de los adultos, del mundo del adulto, de su trabajo, de la mayoría de las ocasiones en las que resolver los problemas de la existencia es prioritario. No se hace ese apartamiento porque sí, sin más. La vida ha ido parcelándose, ha ido separando los entornos, ha ido dejando la casa, el ámbito familiar fuera del trabajo, fuera incluso de lo que siempre había sido la comunidad. Se entiende que permanecer en la casa familiar ya no sería suficiente para aprender todo lo necesario para poder integrarse en la vida adulta. Se entiende que será la escuela la que procure todo el bagaje de conocimientos, de hábitos, de respuestas para una realidad que es mucho más amplia y mucho más compleja que la del núcleo familiar. La escuela se ha hecho necesaria porque se entiende que la complejidad de la realidad social y las capacitaciones necesarias para el trabajo, para las relaciones sociales, para la vida individual no pueden ser garantizadas por la simple inmersión en el medio familiar. El padre, la madre, el vecino no pueden procurar la educación necesaria. Por inmersión el niño nunca podría aprende la gran cantidad de conocimientos y destrezas que requiere el mundo en el que tendrá que vivir. Por eso la escolarización se ha hecho necesaria y universal en los países que llamamos desarrollados.

      Por eso los niños están obligados a pasar no menos de diez años y durante muchas horas al día en la escuela. Por eso son confiados a los expertos, a los profesores y no simplemente al núcleo familiar o social. El profesor es el experto, es el responsable, es el que tiene que dar la talla ante el niño. Hegel arremete contra esa pedagogía en la que el adulto hace todo lo posible porque el alumno no lo reconozca como tal y lo confunda con un igual - con un colega, con un amigo. Arremete contra la infantilización de la enseñanza, con esa deificación de lo infantil que cercena cualquier posibilidad de reconocimiento respetuoso del adulto y lo convierte en un ser grotesco e inútil. Ese profesor que pretende que el alumno programe, que se evalúe, que la enseñanza se adapte al nivel del alumno para dejarlo indefinidamente ahí es, simplemente, inútil para el niño. Representa el sin sentido de la escuela. Les voy a dejar con Hegel, con una traducción que he hecho para Uds. del francés ( siempre he lamentado no saber alemán).

      ' La necesidad de ser educados existe en los niños así como el sentimiento de no estar satisfechos con lo que son. Es la tendencia a pertenecer al mundo de los adultos que adivinan superior y el deseo de hacerse mayores. La pedagogía del juego trata lo pueril como algo válido en sí mismo, lo presenta a los niños como tal y rebaja ante ellos lo que es serio, teniendo ella misma una forma pueril muy poco valorada por los niños. Imaginándolos como formas terminadas mientras ellos se sienten como inacabados, esforzándose por tenerlos contentos perturba y altera su verdadera necesidad espontánea de ser mejores. Esta pedagogía tiene como efecto inmediato el alejamiento de las realidades sustanciales, del mundo espiritual y ante todo el desprecio de los hombres que se han presentado a sí mismos como pueriles y que los niños considerarán despreciables. Herirá la vanidad de los niños y no conseguirá su confianza ya que ellos tienen un claro sentimiento de su propia valía. '

      La escuela, el instituto no tendrán futuro mientras los profesores no consideren válida la cultura que han de transmitir a sus alumnos, mientras no la vivan como lo que son: como adultos y profesionales. Considerarlos incapaces de aprender, considerar que todo vale ante ellos es el mayor error. Hacer de la distancia un disfraz para no ser descubierto o de una cercanía pueril un refugio para no poner en evidencia las propias incapacidades de adulto y de profesional sólo seguirá suscitando el desprecio de los alumnos y su resentimiento por haberlos privado de la libertad de la calle y el juego sin darles nada a cambio.

 

 

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