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Martina Martínez Tuya 

 

    El porvenir de nuestras escuelas (III)

       (Artículo publicado en Granada Digital, Plaza Nueva)

     Martina Martínez
      18/03/2004

 

      Es imposible no hablar en estos días de la tragedia provocada por el terrorismo. Es imposible no considerar el papel que la educación juega en la 'creación' del terrorista. Juega un papel decisivo, sobre todo, en el caldo de cultivo de donde luego casi cualquiera puede convertirse en mayor o menor medida en un terrorista, en alguien que lo que quiere lo quiere y ya. Para ello el único medio es, naturalmente, la violencia. Violencia que sólo se puede ejercer desde la incapacidad para ponerse en lugar del otro.

      La pseudocultura es el campo privilegiado en el que el odio, el resentimiento, tienen mucho que ver con la incapacidad para aceptarse, con el complejo de víctima, con el deseo de sentirse unido a algo de una manera que no implique sino un juicio favorable para el que está en esa situación y que es sentida de forma arrebatadora, convertida en pasión; en pasión que en el fondo es un amor a la muerte. Con los terroristas no se puede hablar, no se puede pactar. Ellos preferirían morir antes que renunciar a esa pasión por la violencia que es la que los pone en el límite, la única que les da sentimiento de pertenencia y de poder. En los días transcurridos desde la catástrofe, se ha visto claro en qué opciones está - aunque habitualmente de forma solapada - la opción violenta, esa que aunque se diga democrática no lo es. No lo es porque si no tiene unas cartas aceptables, rompe siempre la baraja. Es la que acepta que se puede insultar, hacer pintadas, tirar lo que sea, agredir si puede al oponente,; es la que cuando pacta se lleva o quiere llevarse siempre el santo y la limosna. Es sobre todo una opción contraria siempre a la ley. Si no está en el poder su posición es la de desprecio, fraude, intimidación para que la ley no sea respetada. Si está en el poder hará leyes que no sean tales porque impliquen en sí mismas la discrecionalidad del poder y la imposibilidad para controlarlo.

      Es muy peligroso que la escuela sea una fábrica de resentidos, de frustrados, de inadaptados, de violentos. Son personas que sólo precisan una bandera a la que apuntarse. Es peligroso y desde luego muy triste. Es delito haber consentido que los nacionalismos conviertan las escuelas en centros de ignorancia y propaganda. Esas escuelas son fábricas de inadaptados. Sin una verdadera lengua, a base de mal usar y peor conocer la vernácula y la nacional y quizá también el inglés, no adquieren en ninguna el nivel necesario para abrirse a la abstracción , al pensamiento lógico-discursivo, como tampoco al autoconocimiento y la autoconciencia. Educados, por si todo lo demás fuera poco, en un victimismo agresivo en el que - como no puede ser de otra manera - para ser víctima, sin querer reconocer como correlato la superioridad del otro, hay que recurrir a su maldad, a una maldad sin fisuras, sin otra salida que la muerte, la aniquilación de ese espejo, de ese testigo. Los medios no importan. Serán más y más bestiales porque la bestialidad es siempre lo fácil.

      La inadaptación es siempre la incapacidad para vivir en el momento, en el lugar, con las condiciones de la realidad. Entre esas condiciones está hoy todo lo que es el mundo de la técnica y la tecnología y ese mundo sólo se comprende desde un pensamiento científico, y por lo mismo, relativista, creado desde la Filosofía y la Ciencia. Tiene, además condiciones muy especiales. Es el mundo del individuo, no del grupo. Es el mundo de los privilegios individuales, nunca de los otorgados simplemente por la filiación o la pertenencia al lugar. Es el mundo del que están excluídos todos los integrismos, todos los totalitarismos. Cuando esto no se acepta, cuando no se desarrollan las capacidades mínimas, - para comprender o al menos para aceptarlo sin odio, sin culpa -, los sujetos no tienen lugar en el que integrarse. Los habrá que tiendan sin más a la marginación, a la delincuencia ( que con el horror del terrorismo se olvida que esa es también una forma de terror y, en lo que al individuo corriente se refiere, con un riesgo de muerte porcentualmente mayor que el de caer en un ataque terrorista, por no hablar del riesgo de ser mujer sin más y haberse equivocado al elegir marido o pareja), a la irresponsabilidad en la carretera. Otros buscarán otras formas rápidas de pseudointegración, pero esas - como los cargos políticos que permiten ir en una lista y ser diputado, o concejal o alcalde sin haber terminado los estudios primarios - tienen muchos candidatos, demasiados para que todos puedan obtener lo que desean. Algunos no tienen ni la mínima calidad, ni la paciencia, y siempre encuentran quien les diga no sólo que son buenos, sino mejores; no sólo que pueden conseguir lo más, sino que serán unos héroes. Héroes, también, de manera bastante primaria, es decir: vinculada a la violencia y al riesgo de muerte. En el extremo estarían los hombre bomba, cerca de ellos todos los que en principio no quieren morir pero sí sentirse en ese límite matando.

      He hablado del terrorismo nacionalista, pero sólo hay que extrapolar un mínimo para hablar del integrista islámico en los mismos términos. También del de la delincuencia o el que genera la violencia de género, pero hay otros. El peor de todos - porque está en el germen de toda violencia - es el que se da a diario en las escuelas, en los institutos. El alumno acosado en su clase, en el patio de recreo, en el barrio - porque allí tiene, lo quiera o no que convivir más o menos con las mismas fieras con las que comparte colegio o instituto, - es un ser indefenso y abandonado. Nadie le ayuda, nadie quiere saber nada de su situación. Nadie castiga a sus maltratadores y tiene que callar si no quiere ser doblemente despreciado. Nadie intervendrá salvo que un día sea objeto de una agresión que lo mismo le deja maltrecho para siempre que le manda al otro mundo. Mientras tanto su vida, su pequeña vida será un infierno. Hay pactos contra el terrorismo internacional o nacional, aunque ya sabemos quiénes no los suscriben, quienes lo hacen con la boca pequeña, quienes utilizan toda clase de medios violentos para boicotear la acción de la justicia, pero NADIE HACE UN PACTO PARA ERRADICAR LA VIOLENCIA DE LAS ESCUELAS, DE LOS INSTITUTOS, mientras esa violencia va aumentando, creando delincuentes y terroristas y dejando víctimas solitarias y abandonadas a su suerte.

      Ningún Defensor del Menor considera este tema prioritario. Ningún partido lo ha incluido en su programa electoral. Todos lo ignoran o quieren ignorarlo, pero, no se podrá hablar de libertad, ni de justicia, ni de calidad de la enseñanza, ni de defensa de ninguna clase de derechos mientras haya un solo niño, una sola niña que acuda a su clase aterrorizado, que no se atreva a salir solo a la calle, que sufra en silencio mientras todos miran para otro lado cuando sobre ellos ejercen la violencia más terrible sus iguales.

     

 

 

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