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Martina Martínez Tuya 

 

    El porvenir de nuestras escuelas (II)

       (Artículo publicado en Granada Digital, Plaza Nueva)

     Martina Martínez
      16/02/2004

     

      Podemos seguir con Nieztche. Resulta sorprendente y muy esclarecedor a pesar del tiempo transcurrido y de lo que ha cambiado la sociedad. La situación a la que se ha llegado no ha sido algo fortuito, algo que ha surgido sin más. ¡ Eso quisieran algunos! Es una situación que ha sido querida, que ha sido propiciada, que ha sido trabajada a fondo por los mismos docentes y desde luego desde las instancias políticas y sociales que les han dado voz fuera de las escuelas y leyes y dinero para que los teòricos de la Pedagogía, los medios de comunicación y la escuela misma caminasen en el sentido que nos ha traído a donde estamos.

      Ya sé que en esto habrá muchos discrepantes, muchos desde luego de los que primero fueron propagandistas, impulsores, censores de los que se oponían o simplemente no los secundaban en ese deseo y esas prácticas que acabaron como ya sabemos. Jamás admitirán que era eso lo que querían, lo que pedían, pero sí lo era. Son los principios en los que se basaban, sabiéndolo o no, los que de manera necesaria llevarían a una práctica que en sus consecuencias no tenía alternativas. Es el mayor error creer que se puede ir a la práctica concreta, a defender la técnica, los ejercicios, la tarea diaria sin haber profundizado en la teoría. Todos esos 'talleres', curiosa forma de utilizar la palabra taller, no han conseguido más que unos cambios en el trabajo del docente que no llevan ni a enseñar ni a aprender. Son actividades sin alma y sin sentido que tenían que terminar en el mayor desprestigio del profesor y en la desorientación de los alumnos, entregados desde ese momento al aburrimiento y el vacío espiritual. Seguimos con Nieztche: ... faltan hombres verdaderamente prácticos, o sea, los que tienen ideas buenas y nuevas, y saben que la auténtica genialidad y la auténtica praxis deben encontrarse en el mismo individuo.'

      Miles de profesores siguiendo unos textos desestructurados, crípticos en cuanto a qué se espera de cada actividad, de cada ejercicio. Profesores pendientes del libro del profesor que trae resueltas las actividades. Alumnos que hacen lo que les mandan, que llevan puntualmente sus deberes - que ellos y sus padres o profesores particulares han padecido todas las tardes - y que luego son examinados con actividades ( casi siempre preguntas en el sentido más tradicional) que están a años luz de lo que su actividad diaria puede producir como aprendizaje. Clases dedicadas a la corrección y en las que tediosamente sólo participan los que hicieron los deberes. Una larga cadena de despropósitos que partiendo de la necesidad del profesor de que alguien dirija su tarea ( no otra cosa persigue la utilización sistemática de los mal llamados actualmente libros de texto) camina por un terreno minado sin saberlo, creyendo que ese es el mejor camino o el único.

      Cuando la escuela llega a donde ha llegado es porque la situación de desajuste alcanza a una mayoría de docentes, a una mayoría de clases. No vale decir eso de que la incorporación de las clases populares han traído la masificación y el bajo nivel. Las clases populares hace mucho tiempo que se incorporaron a la escuela. Lo nuevo es el lumpen y el lumpen es - salvo en algunas zonas muy desfavorecidas - minoritario. Otra cosa es que se haya utilizado el mundo lumpen como modelo y al ser, sin lugar a dudas, un modelo con menos exigencias la masa haya estado dispuesta a adoptarlo. Lo interesante es considerar quién, quiénes han propiciado esa oferta de modelo. El profesor se enfrenta a una situación que no termina de comprender , de ahí que no pueda elaborar respuestas para modificarla. El alumno se rebela en unas clases que pierden su sentido, y, siguiendo con nuestro texto de referencia: ' Ante el impulso desproporcionado del alumno, el profesor.... Hablas con quien desea lanzarse al agua sin saber nadar y, al hacerlo, más que ahogarse teme no ahogarse y verse escarnecido.' Todos no sabían lo que propiciaban, lo que defendían, lo que estaban gestando, pero su intervención ha sido en la práctica igualmente decisiva. Se sentirán, estarán, cada vez que lleguen las propuestas para salir de este desastre como decía Nieztche:

      '... Los profesores de buena fe. ¿ Cómo crees que se lo tomarán cuando oigan hablar de proyectos de los que estén excluídos y, además, beneficio nature, de exigencias que superen con mucho sus mediocres capadidades, de esperanzas que no tienen resonancia en ellos, de luchas cuyo grito de guerra ni siquiera comprenden, y en las que intervienen sólo como masa sorda, recalcitrante, plúmbea. '

      Ya no creen en nada porque creyeron todo lo que les dijeron para cambiar la escuela, que no necesitaba cambiar sino adaptarse al alumnado sin perder su sentido. Se dejaron engañar con lo de la educación popular y no pensaron ni por un momento que considerar que el pueblo necesita una educación específica es tanto como afirmar que no puede intrínsecamente alcanzar la educación de unas clases que se autosuponen distintas y por supuesto superiores y que se reservan para ellas esa educación no popular. Muchas cosas se ocultan bajo esos defensores de la escuela popular, la cultura popular, la Universidad popular. Entre otras muchas, la confusión de lo popular con lo populachero. Entre otras, el temor al pueblo. Temor que tiene sentido desde la pseudocultura ilustrada de muchos docentes. Atrapados en los meros rituales académicos, con pasados escolares que les han dejado un resentimiento profundo. Incapaces para cualquier gozo en el mundo del descubrimiento y del saber, viven y trabajan en el resentimiento y la inseguridad. Viven, como dice Nieztche ' sin filosofía y sin arte'.

      Son, según sus mismas palabras: ' defensores de la pseudocultura,.. hombres de cultura degenerados y descarriados, impulsados por una desesperación íntima y una furia hostil hacia la cultura, cuyo acceso nadie ha querido mostrarles.' Hoy, son - además - las primeras víctimas de todos los despropósitos, propios y ajenos.

 

 

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