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Martina Martínez Tuya 

 

     La hora del profesor (II)

       (Artículo publicado en Granada Digital, Plaza Nueva)


     Martina Martínez
       22/02/2005

    

Posibilidades y límites son siempre el marco de cualquier realidad y, por lo mismo, de todas las posibilidades de actuación. Es cierto que esas posibilidades, en el caso del profesor, están en al menos tres realidades distintas que acaban confluyendo en el aula.

Hay un marco legal. Una ley que es la que trae y deja a los alumnos en las aulas. Es la que configura los programas, la que permite ciertas actuaciones y prohíbe otras. Es, la misma ley, la que articula o corre el riesgo de que se sumerjan en el caos las necesarias relaciones del profesor con la dirección del centro, los colegas y los padres llenándolas de contradicciones más o menos explícitas.

No será negándola, ni intentando permanentemente oponerse a ella como el profesor consiga sobrevivir. Peor que eso: no será ignorándola como consiga resolver ningún problema.

Hay una especie de perversión generalizada con esto de la ley. Hablar de ley, de norma, es algo que produce sarpullidos a una amplia mayoría. La versión  más perniciosa de este síndrome es la participación con sus formas más o menos puristas, el consenso, la discusión, la autonomía de los centros y alguna que otra cosa por el estilo en cuanto que no se entienden en el marco de la ley.

Ante la indisciplina se quieren consensuar “ participativamente” los derechos de los alumnos, o de los padres, las sanciones, incluso los procedimientos. ¿Qué se quiere realmente hacer? ¿A qué nivel? Se toma la norma vigente como marco ineludible del que partir? ¿Se entiende la operatividad de cualquier procedimiento como una variante posible dentro del marco?

No, en general no. Se llega a la reunión participativa y nadie se ha leído las normas. Así, si la situación es conflictiva, las posturas serán un juego encontrado de reproches, de medidas drásticas, de posturas sin ningún tipo de matices ni acercamientos. Si no se parte del conflicto declarado lo que sale de la reunión son generalidades que en la práctica no son sino cantos al sol que servirán más tarde – cuando surjan los conflictos- para desacreditar cualquier normativa y a todos los que intervinieron en ella.

Es deprimente ver cómo, por ejemplo y en un caso que suele estar en los medios de comunicación con frecuencia, existiendo un marco legal que permite expedientar a un alumno y que sea trasladado de centro como consecuencia del expediente sólo con que así lo apruebe el Consejo Escolar, se repita – hasta en pancartas de vez en cuando- que no se puede hacer nada con un alumno que perturba gravemente la convivencia de un centro. Es tan deprimente, al menos, que la Inspección que debe ser la que traslade al alumno sin más, sin posibilidad de oponerse salvo que medie un recurso por parte de los padres o detecte un defecto de forma en el expediente, olvide sine die dicho traslado. Los profesores son capaces de salir a la calle a protestar, de elevar sus quejas por “su impotencia”, y no de exigir la ejecución del acuerdo del Consejo Escolar por medios legales llegando hasta donde haga falta. Hasta donde haga falta no es hasta la algarada o la huelga, sino hasta la acusación de prevaricación del funcionario que no cumple con su obligación.

Se ha repetido hasta la saciedad en múltiples artículos sobre el informe PISA que “había que aprobar a los alumnos”. ¿Cuántos docentes se quejan de verse obligados a aprobar? La ley contempla la promoción obligatoria, aunque con un margen de dos repeticiones de curso en la escolaridad obligatoria, pero en ninguna parte dice que el alumno tenga que aprobar, que los profesores tengan que aprobar, que el maestro tenga que decir que “progresa adecuadamente” o que su evaluación es “suficiente”.

No voy a seguir con los ejemplos. La actual ley deja en manos de los profesores cosas tan importantes como los desarrollos curriculares, como la fijación de niveles, como una optatividad que bien llevada podría dar mucho juego. Permite  la adscripción de alumnos a los Programas de Diversificación, su incorporación a las unidades de apoyo. Permite muchas cosas, muchas más de las que se dice. Muchas de ellas escapan al ámbito del profesor individual, pero nunca al de sus exigencias a nivel de que se cumplan. Hay demasiada gente que no quiere comprometerse, enemistarse, reclamar, exigir. Creen que quedándose siempre callados y quietos van a escapar a lo peor. Eso podría ser antes, no ahora. Aún antes, el pusilánime, el miedoso – casi siempre, además, interesado en la protección del poder – que no solía pestañear ante las más flagrantes ilegalidades o el acoso a otros, tampoco podía esperar el respeto de nadie.

Creo, sin temor a equivocarme, que el mayor problema ha sido, precisamente, la ignorancia de la ley. Los profesores han preferido oír los cantos de todos los “Reformistas”, de todos aquellos que ofrecían soluciones fáciles, automáticas con sólo no hacer nada, con un entregarse a la ola que llegaba, a los mal llamados textos, a las presiones de unos y otros, - Administración incluida -.

Buscar el marco legal. Buscarle el sentido. Ese debe ser el principio. Pueden creerme: ese marco está ahí a sabiendas de que no va a ser operativo, de que va a ser sistemáticamente ignorado. Conocerlo, estudiarlo, ver sus posibilidades, ponerlo en práctica, exigir que se respete es lo único digno que puede hacerse. Hablo de la ley y de la exigencia de su cumplimiento, no sólo a los alumnos o los padres, sino a los colegas y a la misma Administración.

La realidad del profesor está indefectiblemente en el aula. Está allí como persona y como profesor – aún en el caso discutible de que ambas cosas puedan ir disociadas -. Hace muchos años que nadie habla de las cualidades que necesita tener un profesor. Aquellos listados que aprendimos siguen siendo válidos, pero hoy las exigencias van mucho más allá.

Todas las profesiones “de cara al público” exigen comprender que no sólo se vende una fuerza de trabajo, unos saberes, sino una personalidad determinada. Lo saben bien los políticos. Por eso pagan cantidades astronómicas a sus asesores de imagen, a los que redactan sus discursos, a las agencias que los promocionan en distintos países y medios. Ellos tienen la ventaja de escapar al cuerpo a cuerpo – siempre o casi siempre -. Tiene la ventaja de que sus apariciones no dejan de ser un flasch  sin continuidad.

El profesor tiene que dar la imagen de que puede enseñar a vivir porque sabe vivir. Vivir, para unos alumnos, es pasar el examen del aula. Es pasar el examen en las contingencias que surgen en los cincuenta y cinco minutos dos, tres o cuatro horas a la semana, durante los meses que dura el curso.  De entre esas contingencias destaca lo que es la marcha académica, pero esa marcha - que ha de ser exitosa para que la supervivencia sea algo simplemente posible -, no es sino la parte sino qua non. A ella hay que añadir todos los conflictos y situaciones límites que surgen en la secuencia de los días y las ineludibles relaciones con todo lo que es una clase y un centro. Volveremos sobre esto.

La tercera realidad es la de los alumnos. Nadie puede elegir a sus alumnos. Profesores hay que consiguen algún que otro trato de favor en la asignación de los cursos o los grupos, pero eso va siendo cada vez más difícil y menos eficaz. El primer día de curso hay que enfrentarse a lo que hay. Es en la manera de considerarlo donde cualquier profesor se la juega. Considerar que se trata de un marco plano, uniforme, como algo inamovible es el primer error. Olvidar que todo profesor que ya ha pasado al menos un curso en el centro no es un desconocido para los alumnos es ignorarlo todo en la enseñanza. No ser capaz de aguantar el tirón de los primeros incidentes es tanto como entregar las armas en la primera escaramuza.

Analizar minuciosamente esas tres realidades será el primer trabajo del profesor. Después vendrán las estrategias para coordinarlas.   

 

 

 

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