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Martina Martínez Tuya 

 

 

                            DESTINO: Fuente el Saz de Jarama (IV)

 

La escuela

 

                                          POR  MARTINA MARTÍNEZ TUYA

 

Tomamos café en un salón, en el salón de la casa del Sr. Alcalde. No puedo decir que allí, entre aquellos muebles nuevos, demasiado nuevos para una casa antigua, demasiado impecables para creer que se utilizaban realmente, hiciera calor. Era un salón " para recibir",  pero en aquella casa recibían más bien poco. No nos detuvimos. El Alcalde me confió al alguacil, un hombre ya mayor, menudo, amable, yo diría que cariñoso en ese respeto muy a la antigua para con la señorita de los párvulos. Él me llevaría a mi escuela, que no estaba donde las otras dos clases, sino en el otro extremo del pueblo. Él se encargaría de encenderme la estufa de carbón antes de la hora de clase. Yo sólo tendría que ocuparme de que no se apagara.

Una clase nueva, dando a un patio casi cuadrado por donde se entraba, encontrando el aula y los servicios a la derecha y la casa de la maestra, que tenía la puerta principal a la calle, a la izquierda. La calle estaba en cuesta y aquel patio quedaba bajo con respecto a las casas que tenía al otro lado. Una línea de sombra, muy a la umbría, dividía el patio. No había sol. La mañana seguía amenazando nieve, pero el suelo marcaba en musgo las dos zonas del recreo. Los niños sólo tendrían la mitad para poder jugar. Yo podría sentarme al sol sobre la paredilla que desde el patio tenía medio metro de altura, pero que desde la calle sobresalía más de un metro.

La clase estaba abierta al sol de la mañana. Una clase como tantas otras, con grandes ventanales, su estufa en el centro, el mobiliario nuevo, la pizarra sin una huella. Nada en las paredes. Yo allí, en mi primer destino como Maestra Nacional. Yo, allí, en una clase que pensé que nunca vería llena de niños y en la que, sin embargo, tendría que quedarme dos, tres semanas, quizá algo más. Dos servicios: uno para los niños, como de juguete, y otro que compartiríamos el carbón y yo. La casa, nueva, como todas las que se construían en esa época. Aquello no era una casa, era una cámara frigorífica. Daba a la calle y a un pasillo estrecho cubierto de musgo. Allí tenía la puerta de la cocina, por allí podría salir la maestra que la habitase directamente al patio de la escuela. Allí tendería su ropa. Allí se podría quedar congelada si se quedaba un ratito. Me quedé con una llave de la escuela, pero no quise coger la de la casa. El alguacil iría al día siguiente a encender la estufa y se ocuparía de que todas las madres supieran que podían llevar a sus hijos a la escuela. Quizá ya lo sabía el pueblo entero.

Me indicó dónde daban clase mis compañeros y subí aquella calle ligeramente empinada con un aire que traía la nieve, que me iba dejando congelada del todo. No quise acercarme a las escuelas, temía empezar a tiritar de un momento a otro. Temía coger frío y quedarme afónica y empezar peor que mal. Decidí regresar a la casa de la Sra. Erundina. Decidí cambiarme de ropa y de calzado. Decidí que no estaba dispuesta a seguir pasando frío. Aquel no era mi primer destino como profesora. Había trabajado en un internado en Suiza, en los Alpes. Tenía ropa de abrigo. La había llevado conmigo, por si acaso. Sabía cómo era el frío de las llanuras que tienen la sierra al norte. Sabía cómo son las noches en esos pueblos, cómo hiela la mañana hasta que empieza a calentar el sol, si es que sale y el viento le deja templar un poco las horas centrales del día.  Sabía que las camas parecen húmedas cuando te acuestas y pasas la noche intentando secarlas y calentarte. Mis pies podían estar yertos, doliendo de frío durante el día y no calentarse ni en la cama. Llevaba aquella ropa más para por la noche que pensando en ponérmela por el día. Había trabajado también en Italia, en Turín, y sabía mucho sobre ese frío pasmado de la niebla, sobre los días, las semanas que desconocen lo que es un rayo de sol. Llevaba en la maleta un anorak blanco, un jersey de pura lana con dibujos en blanco, rojo y negro. Unos pantalones ajustados de tejido elástico que se usan para esquiar y que se meten en las botas cortas que habían pisado durante meses la nieve que cubría el suelo. Un gorro de lana completaba aquel atuendo. Un gorro para evitar el dolor de cabeza que da la niebla fría que aprieta las sienes y hace que la cabeza duela sin un momento de respiro.

Encontré sin problemas la casa. Encontré el calor que buscaba junto a la lumbre, una cocina de esas que llamaban económicas con placas de hierro y  construcción de ladrillo revestido de azulejos blancos. Aquella cocina, en una habitación en el centro de la casa, una habitación que estaba en el paso y que no tenía ventanas, era abrigada y estaba caliente. Otro café: un café ligero que desde muy temprano se había mantenido allí donde no podía hervir, allí donde podía estar horas sin calentarse más y sin enfriarse.

El frío, el madrugón, el encuentro caliente en aquella cocina y los cafés me llevaron a preguntar por el cuarto de baño. No dije el cuarto de baño, no era tan ingenua. Debí decir el vater, o el servicio, algo así.

Me acompañó la hija. Dejamos la cocina caliente para entrar en una especie de zaguán que no tenía más que un palanganero. A la derecha había una puerta, la puerta de mi habitación, de esa habitación que yo aún no había visto. Salimos al corral. Un corral muy pequeño donde hacía un frío horrible. Un corral en la umbría con un suelo de piedras echadas, irregulares y con charquitos helados. Una puerta a la derecha. ¿ Un servicio hecho en el patio, quizá? No, no era un servicio, sino una cuadra. Una cuadra minúscula con paja en el suelo, palos para las gallinas en un lado, para esas gallinas, pocas, que pasaban la mañana haciendo que encontraban algo entre las piedras del patio. Un pesebre, un comedero de quién: alto, en alto, como para una caballería. Mi acompañante había cerrado la puerta y yo pensaba en el servicio de mi escuela.  La evidencia estaba allí, allí en el suelo. Aquel lugar tendría que ser compartido por los humanos, las gallinas y desde luego un burro, mula o caballo que ocuparía casi todo el espacio. Un burro, mula o caballo que estaría en el campo, pero que por la noche, en aquella cuadra sin luz, sería un verdadero peligro.

 

 

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