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Martina Martínez Tuya 

 

 

                            DESTINO: Fuente el Saz de Jarama (I)

                                          POR  MARTINA MARTÍNEZ TUYA

 

Justo a mitad de los sesenta, en una mañana de finales de enero llegué a Fuente el Saz.

Hacía horas, dos y media, quizá tres, que el coche de línea había salido de una calle que no recuerdo, pero  que empezaba frente al hospital de Maudes.

Esa fue, ese hermoso edificio del hospital militar, la referencia que me dieron cuando con mi nombramiento en la mano pregunté dónde estaba ese pueblo, cómo se iba allí.

Yo conocía la ribera del Jarama, pero más abajo, mucho más abajo. De hecho nunca había pasado de la Plaza de Castilla.

Fuente el Saz del Jarama. Sonaba bien. Era bonito como nombre. Era un pequeño viaje, una pequeña aventura. El pueblo tenía que ser un pueblo perdido, mínimo, al final de una carretera llena de polvo en verano y de barro en invierno. Sin embargo estaba cerca de Madrid, relativamente cerca.

Hacía sábados que estaba como vacante en la Delegación. Se cubría cada sábado, pero el siguiente estaba de nuevo allí.

Volvería a estarlo. Yo , una más aquel curso, pediría la excedencia con un día, es decir: sin pisar la escuela, sin entrar en la clase de párvulos que era mi destino en Fuente el Saz.

Era lunes, salíamos muy temprano, antes de las siete. Casi nadie en el metro, nadie en las calles. Las torres del hospital perdiéndose en un cielo oscuro que no conseguían iluminar las farolas.

Un bar junto al local en que vendían los billetes. Gentes adormiladas y muertas de frío que intentaban revivir con un café, con una copa de aguardiente, con un desayuno apresurado.

Gente llenas de paquetes pero con poco equipaje, con paraguas que habían servido el día anterior y que podrían servir en cualquier momento, quizá al abrir el día, cuando el viento claramente serrano del que todos intentábamos resguardarnos en aquel bar se calmara al alba. Gentes que regresaban a sus pueblos con las compras y los encargos después de un fin de semana en la capital. Dos o tres  viajantes con sus maletas. Algún otro maestro quizá.

Llegó el coche. En muchos sitios aún llamaban camión a los autocares y era comprensible. Nada de un coche como los que cubrían grandes distancias, nada de un coche alto con bodega para los equipajes. El morro redondeado y lejos del parabrisas; un morro de camión para un coche de viajeros. Algo entre un camión y una de aquellas primeras furgonetas que veíamos en las películas.

Subieron los equipajes a la baca del coche. Subimos los viajeros. Salimos tarde porque algo no funcionaba y el conductor hurgaba aquí y allí para arreglarlo. Hacía frío en la calle, corría aire, pero pasado el efecto de resguardo que se tenía al subir al coche, hacía aún más frío allí dentro.

Salimos. Las calles seguían casi vacías. La gente corría más que andaba camino del metro, de un autobús, de su trabajo. Cuando llegamos a la Plaza de Castilla el frío era ya insoportable.

El abrigo no podía tapar las piernas, los zapatos ligeros, de tacón por aquello de presentarse medianamente bien en el pueblo, no podían proteger unos pies ateridos. Medias finas. Aún faltaban dos o tres años para que se pusieran de moda las medias gruesas con dibujos más o menos discretos. Aún faltaban tres, cuatro años, para que no estuviera mal visto ir de pantalones a alguna parte que no fuera el campo en día de excursión.

Quizá, cuando el coche pudiera coger velocidad en la carretera funcionaría la calefacción, quizá aún fuera posible hacer un viaje razonable. Largo sería: algo más de dos horas - yo estaba prevenida al respecto -. Dos horas es demasiado para tener tanto frío en los pies, en las piernas y desde ahí me temía que en todo el cuerpo. En la Plaza de Castilla esa era mi duda, mi inquietud. Antes de llegar a Fuencarral dejó de serlo. El conductor, como algo natural, mandó decir al segundo de abordo: al cobrador y ayudante, que nos comunicara que no habría calefacción, que si la ponía el coche no podría andar, que no sé qué historia le pasaba.

¡ Dios! Dos horas así.

Mal cálculo el mío. No fueron dos horas y algo más, así. Fueron dos horas mucho peor que así.

El vaho que se concentraba en el coche no dejaba ver nada. Sólo los faros que se cruzaban con nosotros. Íbamos por la carretera general pero no puede decirse que fuéramos deprisa. Lento, aquel coche era muy lento. Habíamos dejado atrás todas las casas y el frío empezaba a congelar el vaho de los cristales.

Nos desviamos, entramos en la primera carretera comarcal. Había quien iba durmiendo arropado en una pelliza de cuero harta de años, de lluvias y de trabajos al aire libre. Una pelliza sobre unos pantalones de pana por los que asomaban unas botas de aquellas de Segarra.

¡ Qué envidia!

¿ Por qué habíamos olvidado los portamantas, los trajes especiales para viajar, esos que llevaban las damas  y que al menos les llegaban hasta los pies? Ya no llevábamos botas de caña alta llenas de botoncitos, ni medias gruesas de algodón, incluso de lana, como las mujeres de faldas de vuelo, de cestas enormes, de bolsas de cretona con un volante alrededor y dos aros a modo de asas. Éramos más modernas, pero no deberíamos viajar en un coche sin calefacción, un día amenazando más con nieve que con lluvia, camino de un pueblo perdido al final de una carretera llena de baches, de firme imposible.

Ya no se veía nada de nada. Sólo la luz de un amanecer en el que el sol estaba ausente. No llovía. Si lloviera templaría, aunque sólo fuera un poco. Ya no me dolían los pies: yo ya no tenía pies. Ni pies ni piernas.

¡ Qué bonitos los dibujos del cristal! Ramos traslúcidos, abigarrados, quitándose el espacio unos a otros, ramos de finísimas agujas de hielo entre nosotros y la luz del día.

Mi compañero de asiento se despertó con un bache peor que los otros, o con cuatro baches afectando por separado a las cuatro ruedas de aquel viejo trasto.

Se volvió hacia mí y con una voz algo bronca, salida del cuello levantado de su pelliza me dijo:

-         Señorita, está helada.

       ¡ Cómo si yo no lo supiera!

Antes de que pudiera reaccionar se levantó, cogió un bolso que estaba en la rejilla, sobre mi cabeza, hurgó en él y se produjo el milagro: un jersey grande, de lana parda, grueso, tejido a mano, cubrió mis piernas ateridas, mis pies desaparecidos hacía tiempo y sustituidos por un dolor que parecía venir de ninguna parte.

-         Gracias, muchas gracias, me oí decir mientras me envolvía en el jersey y soñaba con entrar en calor.

  Ya habíamos parado varias veces. Se bajaba la gente en lugares insospechados. Unas veces en algún pueblo, y otras en algún sitio a poca distancia de un pueblo.

Cada vez íbamos más lentos. Temí que en un momento dado el coche se parase definitivamente. Hacía más frío. El cobrador intentaba con su trapo ganar la partida al hielo del parabrisas. No era el de fuera que iban o mejor o peor eliminando los limpiaparabrisas, sino el de dentro, el que borraba la carretera, el que obligaría al conductor a detenerse.

Echaba el aliento en aquel trapo, reducido en su mano a una bola de tela y frotaba fuerte, muy fuerte, interponiéndose entre el parabrisas y el conductor, pero dejando espacio para que éste viera lo mínimo.

No podía ser, la temperatura era muy baja y el aliento y su fuerza no eran suficientes para luchar con el hielo.

Una luz delante, algo inesperado, como un pequeño fuego: un fuego realmente.

El cobrador había encendido un papel enrollado y lo acercaba al parabrisas intentando que sólo llegara el calor y no el humo que desprendía la llama. Un momento después, tiraba el papel que ya no podía sujetar, lo aplastaba en el suelo y frotaba, frotaba el cristal. Así varias veces. Así en una secuencia que parecía aprendida, favorecida por la costumbre. Un arte, derretir el hielo, hacer posible que el coche siguiera su marcha.

 

 

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