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Martina Martínez Tuya 

 

La siesta y otras pesadillas   (fragmentos)

 

 

    

      Un Madrid tranquilo, viviendo la dura lucha por la vida de una posguerra que empezaba a ser interminable para muchos, que otros superaban en el día a día olvidando todo el horror que habían vivido. Los niños en el descubrimiento del mundo, disfrutando de los juegos, de las oportunidades más insospechadas. Temiendo, también ellos, la posibilidad a un retorno al pasado reciente, a la guerra que algunos aún creían sólo interrumpida.

 

      "El Garabitas, allí, a lo lejos, más presentido que visto en el conjunto de la Casa de Campo, era no sólo un lugar prohibido y lejano, sino un lugar que todos nombraban con un aire de misterio, con un reflejo del miedo de aquella guerra reciente; con un reflejo del miedo que tantos sentían por aquella paz imprecisa sembrada de amenazas de muy distinto signo.

      ... Todo concentrado, resumido, hecho presencia entre dos barridos del reflector. Todo en la espera de que el rayo de luz vuelva a la ventana y siga su marcha en la noche."

 

      Como un testigo del tiempo, como el único resto del mundo que evocaba el escudo de Madrid quedaba un madroño.

 

      " En Madrid sólo había un madroño. Estaba frente a la puerta del Ritz. Su verde intenso, sus hojas pequeñas, fuertes, brillantes, ligeramente onduladas, formaban un arbusto de corte irregular con una altura de aproximadamente cuatro metros...

      El madroño, protegido por la caseta del guarda, a la sombra de la tarde y al resguardo de la rotonda de la Verja en su parte alta, lucía sus madroños de un anaranjado brillante casi rojo."

 

      Muchos personajes olvidados: los recaderos, las mujeres que llevaban y traían comida de estraperlo de los pueblos a la ciudad, los muchachos que recogían las colillas; carteristas, cerilleras, vendedores de muñecas que hacían negocio con los turistas que frecuentaban el Museo del Prado y sus alrededores, hombres que tiraban de los carros de mano, limpiabotas, vendedores de relojes y pulseras, gentes de buen y mal vivir que llenaban las calles y los jardines de la ciudad en un equilibrio siempre amenazado.

 

      " Acercarse a Atocha era encontrar un mundo variopinto en el que los de pueblo eran mayoría. Eran de pueblo y se les notaba a distancia...

      Entre ellos destacaban las mujeres de faldas de vuelo. Si iban solas, si andaban sueltas y decididas, si el aspecto de su cara y de su porte  no parecía de la misma persona que el contorno que dejaba adivinar su ropa, no había duda: eran las mujeres del estraperlo.

      ...Todos los que se dedicaban a ese ir y venir de los pueblos a la capital tenían nervios de acero, aguantaban mejor que nadie la tensión diaria en ese juego peligroso de burlar a la policía o a la guardia civil, de buscar su inocencia en lo reducido del negocio, la necesidad de comida y el hecho de no ser nunca buscados por motivos políticos."

 

      El tiempo, las estaciones, se sucedían cambiando los jardines, los parques, alternando el calor del verano con el frío glacial de unos inviernos particularmente rigurosos.

 

      "Nada tan impresionante como el estanque de las barcas acorralado por la nieve. A un lado, la explanada inmensa toda igual, alisada por la ventisca de la noche. Al otro lado, el monumento a Alfonso XII con las escaleras llenas de nieve llegando hasta el agua, mojándose en el límite del agua . El embarcadero. Blanco todo él, gracias al tejado cubierto de nieve como todos los demás de Madrid. Lo mirábamos todo lentamente, atrapando aquellas imágenes, sabiendo que, quizá, nunca más volvería Madrid a tener una nevada como aquella."

 

      " La Verja era durante el verano, y en el banco corrido de piedra gris, la sensación misma de lo tórrido, del desamparo total ante un sol alto y potente que sumerge las horas en un pasar que sólo puede vivirse en el abandono.

      Se deja el cuerpo en cualquier parte, recostado para que no se caiga sobre sí mismo, para no tener que ocuparse de sujetarlo, de mantenerlo erguido. El único deseo sería poder abandonarlo del todo, dejarlo tendido en el suelo, sobre un banco a la sombra o sobre el césped caliente del jardín."

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