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Martina Martínez Tuya 

 

En la Mancha y más allá   (fragmentos)

 

 

           La historia de un niño en un pueblo de La Mancha, en un tiempo en el que los niños aún no eran los reyes de la casa, en un tiempo en el que muchos niños, como el de nuestra historia, no tenían casa. Trabajaban desde pequeños, vivían con parientes que también tenían grandes dificultades para vivir. Llegados a mayores, superadas muchas de las dificultades que conocieron en la niñez, podían recordar sin amargura, sin resentimiento, lo que había sido su vida, la manera en que consiguieron no ser desgraciados y mantener la ilusión por las pequeñas cosas, el afecto por su gente y el valor ante toda clase de dificultades.

 

         "Para ser un pueblo - en la Mancha - es preciso que esté solo y reunido en medio de campos de cereal, en medio de soledades interminables, de tierras que parecen abandonadas. Sus habitantes han de ser, en su mayoría, jornaleros que trabajan las tierras de otros. En aquella época era así y la gente más humilde vivía en casas de adobe, pequeñas o grandes, pero tan serenas por dentro como tristes en invierno por fuera. Es cierto que esas casas son frescas en verano y que no dejan entrar la helada cuando el frío arrecia, pero en ellas no hay más lugar para encontrarse que los bancos o las sillas en torno al fuego, o el porche - en verano - cuando ya ha caído la tarde."

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      La mayor riqueza, el valor siempre en alza era el azafrán...

       "En el pueblo todo el mundo tenía en el arca un pequeño envoltorio de papel con azafrán. El oro rojo, como le llaman, libra las ropas de la temida polilla y perfuma intensamente todo lo que hay en el arca. Se guarda allí porque es un lugar seco y cerrado con llave, y, aunque se venda cada año, se deja una pequeña cantidad que luchará contra la polilla y también contra lo inesperado. El azafrán siempre vale dinero. Se puede vender en cualquier momento y su precio siempre es muy alto."

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      Los años empezaban y terminaban en la Feria

       "Cuando aún no se había mecanizado el campo la feria era la cosecha recogida, el pan asegurado, el trabajo agotador bajo el sol implacable olvidado hasta otro año. Si no se tenía cosecha; si no se tenía trabajo fijo; si el hambre esperaba a la vuelta de la esquina con los primeros fríos y nada más terminada la vendimia, la feria eran unos días en que resultaba imposible pensar en ello; eran días en los que era fácil creer que no llegaría el invierno, que no llegarían las lluvias ni las mañanas interminables esperando que algún mayoral ofreciera trabajo.

      Todos trabajaban en verano y ganaban algún dinero. De ese dinero se apartaba el que se gastaría durante esos días y el que habría que gastar para comprar ropa, hacer dulces, o recibir a los forasteros.

      La feria era para todos una liberación y una ilusión con matices muy distintos, pero que eran vividos de una forma muy parecida.

     El niño del jornalero estrenaba alpargatas y eso constituía - por sí solo - todo un acontecimiento. Le darían unas perras para montar en los caballitos; compraría unos trozos de turrón, y si iba, - que iría -, a casa de algún familiar o conocido más pudiente, ..."

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      El invierno recluía a la gente en sus casas, pero antes, los encerraban la rosa y el toque de las campanas...

 

      "El día de difuntos coincide con los días del manto de la rosa del azafrán.

      Esa flor que llaman rosa y que en nada se parece a una rosa, sale de una pequeña cebolla,  que tampoco es realmente una cebolla. Se planta cada cuatro años y florece durante varios días, siempre que se corte la flor que salió la víspera.

      ... Los campos, antes del alba están llenos de capullos que sólo esperan los primeros rayos de sol para abrirse. Los hombres no les dejan disfrutar de la tibieza de la mañana y salen muy temprano para recoger esas rosas aún abiertas. Hay escarcha y los campos, como un manto malva y blanco sobre un fondo bermellón  apenas entrevisto, se pierden a lo lejos entre las tierras rojas que serán de trigo  o de cebada cuando los azafranales hayan entregado toda su riqueza."

 

      La primavera, la Semana Santa, el tiempo de empezar a vivir, de empezar también la orza.

 

       "Era Domingo de Resurrección y según el dicho popular, el cura daba permiso para empezar la orza.

      ...La alacena se abría para destapar la orza. El aceite del color del pimentón cubría los chorizos...

      El padre cogía el chorizo y lo llevaba, pinchado en su navaja, hasta el pan que le ofrecía el lado de la miga como si de un plato se tratara.

      Al instante, el aceite rojo se extendía por el pan. Suaves presiones sobre él hacían que surgieran hilillos de grasa que empapaban la miga...

      La navaja cortaba los trozos apoyándose en el pan. El chorizo se pinchaba con ella para llevarlo a la boca. El pan se comía a mordiscos ansiosos sin necesidad de hacer nada como no fuera aproximarlo a la cara. La boca iba en busca de él, sin necesidad de que nada más interviniera...

      El último bocado era siempre de chorizo. Con él se terminaba un año y empezaba el siguiente."

 

      El verano era el trabajo. El trabajo de la siega. Un niño de doce años dejó de serlo porque tuvo el valor de ir a segar a Los Tantos de Cuenca.

 

       "Empezar de nuevo costaba trabajo. La mies parecía más dura y también más caliente. Después, al cabo de un rato, ya no sentían nada, ni siquiera el contacto con la paja, ni siquiera el sudor. Todo era mies, mies y silencio; chicharras y mies. Espaldas que avanzan y con las que había que ponerse en línea. Campo y más campo. Un sol que no se decidía a dejar el cielo. Horas y horas. Surcos y surcos. De vez en cuando un poco de agua y una ocasión para no olvidar que en el mundo también se podía estar de pie."

 

      Salir del pueblo, emigrar a la ciudad era el destino de los que no tenían hacienda. Lo era mucho más si tampoco tenían familia. En todas las tiendas tenían chicos que trabajaban y vivían en ellas.

 

      "La cita era en el puente. La cita era para los chicos de todas las tiendas del barrio o de la mayoría. Aquel baño era una verdadera diversión, pero eso no impedía que llevasen el jabón para volver tan limpios como felices...

      Ida y vuelta formaban parte de esa especie de fiesta que era bajar al río por la noche."

 

      Aprender u oficio, aspirar a tener un negocio. Ganar la partida a un destino que no había sido precisamente generoso. Saber vivir, saber gozar de la vida, conocer a la gente, servir sin ser servil, eso era haber ganado la partida.

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