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Martina Martínez Tuya 

 

      Evaluación diabólica

       (Artículo publicado en Granada Digital, Plaza Nueva)


        Martina Martínez
           18/08/2003

 

      Se acerca septiembre. Ya no es el temido septiembre de todos aquellos alumnos que habían suspendido en junio. Ya no quedan alumnos, salvo a partir de Bachillerato, que pasen el verano estudiando. El verano es para descansar, dicen. Muchos alumnos, al paso que vamos la gran mayoría, son como esos personajes de la crónica rosa. Se pasan la vida ' de vacaciones', descansando, pero nadie acierta a saber de qué descansan, qué es lo que les ha cansado. Nadie acierta a saber qué puede hacerse para descansar de lo no hecho. Los alumnos descansan en verano. Vuelven a clase como si ninguno hubiese dejado nada atrás.

      No se trata de imaginar que aún hay alumnos de aquellos que habiendo aprobado todo tenían profesor en verano para preparar el curso siguiente, o aquellas asignaturas en las que encontrarían más dificultades. Eso forma parte de un pasado que ni se recuerda; que no quieren recordar - y razones tienen para ello - ni los que lo han vivido. Los alumnos pasan el verano sin hacer nada: nada de nada. Es más, aún aquellos que aprobaron, que pasaron de curso porque superaron todas las áreas o casi, que se supone que son los mejores y que tendrían también más interés, pasan el verano ajenos a lo que ha sido el trabajo escolar. Muy pocos leen algo que pueda ayudarles en la adquisición de la cultura: muy pocos leen, cualquier cosa que sea.

      Muy pocos, poquísimos de los que más lo necesitarían, aprovechan parte de sus vacaciones para recorrer su ciudad, visitar las cosas interesantes o valiosas, asistir a espectáculos con un mínimo de calidad, interesarse por la gente, por cómo vive, por cómo piensa. Yo vivo en Málaga y los alumnos, por lo general, ignoran todo lo que no sea su barrio, y aún eso sólo considerado desde sus propias rutas, sin mirar a los lados, sin mirar hacia arriba, sin saber que hay una tienda o un taller, o cualquier otra cosa que no forme parte de sus vidas limitadas y simples. Van a la playa, viven junto a ella, pero no hay forma de que miren el mar, de que se fijen en la mareas, en las olas, en las barcas de los pescadores. Para ellos el mar es solo esa gran piscina en la que se mojan, nadan, gritan, se rebozan en arena, juegan desaforadamente, como niños pequeños cuando ya ni se acuerdan de que lo han sido. Así se 'divierten'.

      Salen del barrio para ir a los centros comerciales o de ocio. Nunca solos, siempre en grupo. Un grupo cerrado que lleva la distracción con él, que no necesita mirar salvo para no perderse - algo difícil ya que sus lugares habituales están muy señalizados-. Ellos no quieren saber, ellos no quieren mirar. Ellos se aferran a un pequeño mundo del que en realidad nadie quiere ciertamente sacarles. La escuela, el instituto tendrían que abrirles al ancho mundo, que echarles fuera de su pequeño hábitat, que no consentirles utilizar ninguna coartada para seguir viviendo encerrados en ese círculo en el que se creen seguros. Es peor que si vivieran en un pueblo minúsculo con gentes todas de la misma edad y con la misma historia. Según crecen van perdiendo la fe en sus rituales y los esfuerzos por no aburrirse son cada vez mayores. Nacidos en el barrio, compañeros del parvulario al instituto, compartiendo el espacio escolar y ese trozo de calle que identifican con su territorio, viven y se identifican en una igualdad que no existe.

      Hasta hace no demasiado la escuela había sido un espacio más, pero era un espacio al margen del juego, de la vida de cada uno que se desarrollaba o se completaba allí donde la escuela y sus valores no estaban. Cada niño era un niño y un escolar. Sus dos vidas estaban separadas y lo estaban - de forma mucho más clara - cuando empezaba con diez años a eso que se llamaba 'estudiar'. Pocos institutos, elecciones de colegio privado acordes con los intereses y los medios de las familias, internados dispersaban a los escolares, incluso a los que antes estaban juntos. Aquellos niños jugaban siendo sólo niños. Los niños se ven atados a unos compañeros y no tienen espacios en los que su vida escolar no esté presente. Unos por buenos estudiantes, otros por malos, arrastran como una cadena su vida en la escuela.

      ¿Fue eso lo que se quiso evitar cuando se decidió suprimir las evaluaciones de septiembre y reducir a casi nada el hecho mismo de suspender permitiendo pasar de curso y eliminar cualquier distinción entre unos alumnos y otros? ¡ Cualquiera sabe ! Lo único cierto es que se han reducido hasta lo increíble las consecuencias escolares del fracaso escolar. Lo único cierto es que se intenta que lo escolar ocupe cada vez menos espacio en el tiempo de la escuela. Si no fuera porque - sobre todo en los institutos - queda una inercia que mantiene las clases con un mínimo de deseo de rigor en el aprendizaje escolar, niños y jóvenes pasarían su tiempo en actividades varias y variopintas, dentro y fuera de las aulas, con un total abandono de lo netamente escolar. Se ha mentido hasta lo increíble en relación con la situación escolar de los alumnos. Todos listos, estudiosos, atentos y buenos chicos. Todos igualmente capaces e igualmente dispuestos para aprender. Todos sabiendo lo necesario para seguir aprendiendo. Todos en condiciones de hacer cualquier aprendizaje con independencia de la existencia o no de determinados aprendizajes anteriores o del desarrollo de ciertas capacidades necesarias como prerrequisitos.

      Todos iguales. Todos perfectos en su igualdad. Todos felices en junio ante un verano de descanso despreocupado. Padres felices porque no tienen que ocuparse de que sus hijos estudien, ni de buscarles un profesor o una academia, y pagarles naturalmente. Profesores felices porque no tienen que volver el primero de septiembre a evaluar. ¿ Por qué hay tantos profesores que detestan evaluar? Administración feliz porque ya no habrá más que una estadística de fracaso escolar y no tendrá que dar explicaciones de por qué sólo el que puede pagarlo tiene clases en verano. Directivos contentos porque el grueso de la matrícula se hace en julio y el trabajo se simplifica enormemente. Todos han vendido su alma al diablo. Entre todos se ha vendido, también, la de los alumnos.

      Las evaluaciones, tal y como se entienden y - en general - se hacen, tal y como se regulan en la vida escolar del alumno, sólo pueden dar un tiempo de felicidad a cambio de una caída de la que ningún alumno se repone. El engaño en un proyecto de aprendizaje es algo mezquino porque deja impotente al que está en situación de aprender. Lo deja cada curso, después de un alegre verano, ante nueve meses de impotencia, de verdadera incapacidad para estar en las aulas. Un verano de falsos iguales lleva a un curso de trabajo imposible, de diferencias que nadie puede salvar. Varios cursos así acaban en la exclusión más injusta. El excluido queda condenado a la marginalidad y no sería razonable asombrarnos de que reaccionara con violencia. Hemos vendido su alma al diablo y ha venido a recogerla. Él no lo sabía y vamos teniendo demasiada suerte porque no siempre es consciente de lo que hemos hecho, de lo que le hemos hecho. Empezamos a saber que más de uno también ha vendido la suya.

  

 

 

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