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Martina Martínez Tuya 

 

     Las buenas maneras

       (Artículo publicado en Granada Digital, Plaza Nueva)


     Martina Martínez
     

 

              Ya no es un tema tabú eso de reclamar buenos modales; es más bien un clamor. Es un clamor también entre los docentes, aunque muchos de entre ellos, de entre nosotros, se hayan dedicado durante años a terminar  con lo poco que había al respecto.

La cortesía, la esquisitez de los modales no es algo que se corresponda con nuestra tradición. Habrá que releer a Larra para darse cuenta de dónde venimos. Los modales, la cortesía se han entendido siempre como algo molesto para el que tiene que practicarlos. Se han considerado también como el precio que paga el inferior frente al poder, frente al superior. Se han considerado como el tributo del niño hacia el adulto. Lo auténtico, lo natural, aquello que permite la desinhibición ha tenido fama de ser lo mejor, con la conciencia de que sólo debería ser suplantado por los buenos modales como algo necesario según en qué circunstancias. Del Ejército a la Iglesia, de la Nobleza que se embozaba para disfrutar sin miramientos, más que el pueblo con el populacho, al burgués que sólo anhelaba poder comportarse como un rufián sin tener que atenerse a ninguna contención, todos llevando como una cruz las buenas maneras aprendidas con disgusto y practicadas lo menos posible. Del padre que obligaba a sus hijos a tratarle con respeto, pero que no se sentía obligado a respetar a nadie, del profesor que lo mismo gritaba, que insultaba, que ponía en ridículo, que se sentía poderoso porque podía desinhibirse ante sus alumnos como nunca se hubiera atrevido a hacerlo en presencia de los adultos.

Aquí no es cierto eso de " noblesse oblige" sino más bien: nobleza, cargo, rango, permite saltarse todas las barreras del buen tono, de eso que se llamó la buena educación y que no pasó del adiestramiento para las ocasiones imprescindibles. En una casa, a callar todos los inferiores: mujeres, niños, sirvientes, el chico de la tienda, el camarero, el portero e incluso el funcionario que había de enfrentarse al dilema de cumplir con su deber o enfrentarse a todo aquel que decía : Ud. no sabe con quién está hablando. Claro que todo podía tener su compensación: era cuestión de resarcirse con alguien inferior. Sólo era cuestión de buscar una víctima o una ocasión propicia para que la hubiera. Las buenas maneras han sido entendidas con frecuencia como expresión de sumisión, como amaneramiento que busca la aquiescencia, como simple cursilería, como doblez o falsedad. Desprecio, en suma. Algo que pareció simplemente incompatible con la libertad y la democracia.

Cada uno pensó en liberarse de esa obligación del respeto y la amabilidad mínima; no se pensó en mantener la convivencia sino en  imponer a los otros la propia presencia, los propios intereses, la propia vida. Lo lógico es que la democracia hubiera obligado a  unas maneras, a unas buenas maneras sin distinción de clases, de posición o de relaciones de poder. Lo lógico es que las buenas maneras se hubieran hecho universales, por aquello de la fraternidad y la igualdad. Eso hubiera sido lo lógico, pero no lo que más de uno pensó, lo que los más pensaron. Pensaron en librarse de lo que entendían como formas de sumisión y creyeron que los que estaban por debajo de ellos no iban a pensar lo mismo. Por si fuera poco, entre todos los modos sociales existentes, se erigieron en modelos no los de las clases populares, como ahora más de uno quiere hacer creer, sino los de lumpem, los de aquellos no eran el pueblo, sino lo que siempre se llamó la canalla, las gentes cuya situación les obligaba a una violencia en la que el trato sólo era la expresión de su agresividad, de sus dificultades para poder entender la vida como algo que también puede ser amable.

Antiguos alumnos y alumnas de los colegios más selectos se lanzaron a hablar como carreteros, a despreciar todo lo que les habían enseñado, a hacer de todo ello el símbolo de los nuevos tiempos. Arrasaron. Cualquier medio de expresión fue bueno para llevar aquel mensaje de relaciones agresivas, que ellos creyeron que sólo se dirigiría a los que consideraban sus superiores o los detentadores del poder, pero que en su ingenuidad nunca pensaron que para otros ellos eran el poder, aquello que había que atacar, por todos los medios. ¿ Cuántos profesores nunca pensaron que los alumnos aprenderían sin reservas esas formas violentas de comportamiento?

Los malos modales, esas maneras, son esencialmente violentas; son un intento de llegar al otro sin contemplaciones, de rozarle sin miramientos, de entrar en su espacio sin pedir permiso y hacerlo en dueño que violenta y echa de su casa al otro. Un alumno impone su aburrimiento o su necesidad o su voluntad a todos los que están en la clase y más que a ningún otro al profesor que es quien tiene el derecho a dirigirla. Un vecino atruena con su música al vecindario, un coche hace retroceder al peatón cuando se salta un semáforo, cuando no se detiene en un paso de cebra. Un coche puede matar a todos los que no se someten a su dirección, a su velocidad, a su paso dominante. Cualquiera obliga a oír sus conversaciones a todos los que viajan en el mismo vagón o están en una conferencia o en un entierro. Alguien reclama una intimidad sin que sea aceptada por el otro, sin que se le haya dado la más mínima posibilidad de rechazarla. No hay nada en las malas maneras que no sea molesto e invasivo para los demás. Los alumnos se gritan, se empujan, se violentan y lo aceptan como algo normal ( claro que eso es lo que dice el más fuerte). Los profesores no siempre se dan cuenta de que puede que tarden en aprender pero finalmente aprenden. Aprenden en la calle, en sus casas, viendo la televisión o el cine, pero desgraciadamente también en el colegio, en el instituto, en la universidad. En estos lugares, no sólo aprenden sino que adquieren definitivamente el sentido del valor de cada cosa. Siempre ha habido malos modales, malas palabras, gestos  y violencia. Hoy, lo nuevo, es que eso lo han visto en las personas que deberían - al menos - rechazarlo como lo a no hacer, lo incorrecto. Gritar, insultar, descalificar, castigar sin la debida contención, faltar a la obligación, ignorar a aquellos a los que se tiene obligación de escuchar son formas de violencia y malos modales, no importa si se dirigen a un superior o a un inferior, en los rangos de las relaciones establecidas se entiende. Hacerlo de manera airada saltando todas las barreras de eso que siempre se consideró la buena educación es muy peligroso. Si se hace con los iguales o los inferiores no están los tiempos como para que no repliquen en el mismo tono y si se hace con los superiores habrá que estar dispuestos para recibir el mismo trato de aquellos a los que hemos enseñado que los derechos incluyen esas malas maneras.

Hay que volver a la cortesía, a los buenos modales, es urgente. Es urgente que  consideremos que no es en su supresión donde se encuentra la libertad y la igualdad, sino en su extensión a todos los ámbitos, a todas las circunstancias, a todas las personas. Hay que considerarlos no sólo deseables, sino obligatorios y tener el valor de defenderlos allí donde haga falta. La vida obliga a una convivencia cada vez más próxima, más compleja. Sin unas maneras aceptables viviremos sometidos a la violencia del más fuerte, del más desconsiderado, del más zafio y esta sociedad será irremisiblemente la sociedad de los violentos.

 

 

 

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