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Martina Martínez Tuya 

 

     El 'botellón'

       (Artículo publicado en Granada Digital, Plaza Nueva)


     Martina Martínez
      15/2/2002

 

   Tema tremendo que cuenta por millares, por millones diría yo, sus víctimas. Primero, propiciado, protegido, planificado, utilizado política e ideológicamente. Después, sufrido por unos e ignorado por tantos otros. Ahora, empieza a ser una pesada carga para Ayuntamientos y autoridades. Es algo a desplazar, a reducir, a eliminar si fuera posible.

   Los jóvenes, embarcados en él cada fin de semana sin saber qué buscan, pero convencidos de que lo que encuentran - el olvido sobre todo - es exactamente lo que buscaban, siguen ahí negándose a pensar en cualquier otra alternativa. ¿ Cuántas víctimas? Vecinos sin dormir, sorprendiéndose odiando, pensando en cómo deshacerse de esos jóvenes que les privan de sus derechos más elementales. Vecinos sintiéndose abandonados por las autoridades, maltratados como ciudadanos, como personas.

   Fines de semana de madres tomando valium o somníferos, de padres huyendo para no saber a qué hora ni cómo regresan sus hijos. Viernes y sábados de madres en vela intentando oír el ascensor, parar el taxi, subir las escaleras o deslizar la llave que cerrará el abismo del miedo y abrirá la madrugada al sueño de los hijos recobrados. Accidentes, peleas, vueltas tranquilas o insomnes, conscientes o mucho menos. Padres temiendo que sus hijos crezcan y se vean en el difícil papel de dejarles ir con todos, a la hora de todos, hasta la hora de todos, a hacer lo que todos y Dios sabe qué más, o mantener una negativa heroica sintiendo el desprecio, la incomprensión, el rechazo, la oposición, la violencia, las amenazas de sus hijos casi adolescentes. Ceder, olvidar, no enterarse, no querer saber, ha sido lo más frecuente.

   Leyes no cumplidas, chicos y chicas a los que se custodia en el Instituto y a los que las autoridades dejan vivir la noche como si tuvieran 18 años. Mientras tanto, dinero, drogas, alcohol recorriendo las calles del centro de las ciudades. Los más jóvenes, llegando de todos los barrios como cientos , como miles de amebas que acaban reunidas en las calles estrechas, entre las casas y las murallas que lo han resistido todo: guerras, invasiones, pestes, crisis, festejos y derrumbes, juntos, apiñados pero cada uno en ese citoplasma en el que salió de su barrio. El ambiente, eso que llaman haber ambiente, sólo son más amebas en el menor espacio posible. Se equivocan los que quieren ofrecerles un lugar abierto como alternativa. Ellos están en la plaza recoleta, en los jardines entre casas, en las calles en las que pocos puedan ser mucha gente.

   Es la proximidad como la de la discoteca, el pub a rebosar, el baile de la antigua fiesta de pueblo, lo que les da conciencia de anonimato sin abandonar el grupo. No quieren ser libres ni independientes, sino sentirse atrapados entre amigos y rodeados de desconocidos que no les devuelven la mirada. ¿Cuánto dura ese espejismo de la noche mágica, de la libertad de la que esperan la felicidad? Poco, muy poco. Menos cada vez, menos cada salida. Nada, cuando no se lleva nada dentro, cuando no se encuentra más que una música que mueve las tripas pero no hace surgir los sentimientos. La noche es larga para aburrirse, para ser consciente del aburrimiento. Es larga y se bebe para poder olvidarlo, para poder olvidarse. Los jóvenes no salen y beben, sino que salen para beber, para perder la conciencia bebiendo porque sería demasiado duro para ellos darse cuenta de su absurdo. Querían divertirse, salían a divertirse, se creían obligados a divertirse y acaban en la sensación agridulce de ir perdiéndose en la noche. Es lo más fácil. Es lo único que está alcance de todos, y ya lo decía Nietzche: lo común a todos es siempre la barbarie. Es algo violento en sí mismo: la barbarie siempre lo es.

   Es triste empezar a vivir sin buscar otra alternativa. Es muy triste que todos hayan mirado para otro lado mientras se extendía este desastre.

 

 

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