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Martina Martínez Tuya 

 

     Adolescentes prisioneros

       (Artículo publicado en Granada Digital, Plaza Nueva)


     Martina Martínez
      20/03/2003

 

    Suena fuerte, suena muy fuerte el título. Sería terrible si se refiriera a los adolescentes que están en las cárceles, en los campos de prisioneros, entre las alambradas de un campo de concentración de cualquier grupo terrorista.

   Sería terrible por lo que tiene de vida cercenada, ocluida, impedida para cualquier felicidad. Es terrible, es - yo creo que aún más lamentable - que se refiera no a los adolescentes prisioneros de alguien que actúa desde fuera, sino a adolescentes prisioneros de ellos mismos, de sus propios impulsos, de eso que genéricamente llamamos las pulsiones o reacciones que no son capaces de controlar ni de vivir sin que los arrastren a una conducta descontrolada por insensata que pueda ser, por lesiva que pueda ser para ellos mismos o para los demás. Son adolescentes, en el sentido genérico del término, que se encuentran atrapados, incapaces para reaccionar ante ese mundo que surge en ellos mismos, que es suyo indudablemente, pero frente al que no tienen ningún poder. Se ven arrastrados, incapaces para oponerse a eso que sienten, a esas reacciones que lo que sienten provoca.

   Todos los días veo adolescentes, chicos y cada vez más chicas, que intentan en última instancia justificar lo que han hecho, lo que han dicho en su incapacidad para controlar sus propias reacciones, como algo de lo que no pueden escapar, como algo que hacen movidos por una fuerza que les supera. Profesores desbordados por ese furor sin límites, sin barreras, amenazándolo todo. Compañeros que tiemblan cuando el objeto de esa ira, de esa frustración, de esa reacción desaforada los toma como objetivo. Padres y madres que tienen miedo de esos hijos, que los desconocen en esas reacciones en las que todo lo que se mueva a su alrededor corre peligro. Es muy bueno, te dicen, pero tiene un pronto terrible. Me da miedo por él y por lo que le pase, confiesa más de una madre. No quiero que lo vea así su padre porque sería espantoso, clama dolorida una mujer que hace poco que ha encontrado un desconocido en su casa, un hijo que creyó que sería siempre un niño caprichoso, eso sí, poco obediente también, mal estudiante casi siempre, pero amante de su madre, cariñoso con ella. Un hijo que descubre poseído por fuerzas que no controla, prisionero de ellas, sabiéndose incapaz de escapar a sus reacciones. ¡No puedo! Es su frase más habitual. No pueden dejar de moverse, ni estar sentados - impensable ya pedir que bien sentados - con las manos quietas o los pies y las piernas dos minutos en la misma posición, sin moverlos. Se sorprenden mucho cuando se les dice si alguna vez han pensado en que esas manos, esas piernas, esos brazos son suyos pero no les hacen ningún caso. Se sorprenden al darse cuenta de que su poner es menos que nada y su libertad poco más que una palabra vacía. No puedo, es para ellos más que la excusa la justificación. Caminan, han caminado desde niños, atrapados entre el me gusta y el no me gusta, el me apetece y no me apetece. Han caminado prisioneros de algo que sólo les ha valido porque nunca han tenido que enfrentarse a la realidad ni de sí mismos ni de los otros, ni a la realidad sin más. Protegidos, mimados, consentidos, estos reyes de la casa crecen mientras se creen, no reyes, sino dioses.

   Jamás han obedecido una orden. Ellos esperan ser convencidos - con mejores o peores artes - para hacer o dejar de hacer porque lo desean, lo quieren ( haciendo como es costumbre un uso incorrecto de ese verbo querer que tiene que ver con la voluntad y no con el deseo). Sus vidas están reducidas a un mundo en el que cualquier novedad cuesta el esfuerzo de acercarse a ella sin saber cuál va a ser la respuesta del interés. Demasiado riesgo. Ellos sólo harán lo que deseen. Trabajarán en lo que les guste, comerán lo que les guste y sólo eso. Responderán a los demás sobre la base de ese talante del momento que han erigido, ellos y los que les rodean, en criterio. Crecen convencidos de que no existe nada, ni debe existir nada que les pueda contrariar. Crecen y el mundo se hace más y más grande. Están más y más desprotegidos. Lo que eran simples deseos se convierten en impulsos fuertes que implican a los otros. Esos otros que empiezan a no doblegarse a sus caprichos, que a su vez y muchas veces tampoco puede decirse que sean muy controlados. Quieren cosas que ya no se consiguen doblegando la voluntad de próximos o extraños, sino dándose órdenes y obedeciéndolas. Esos reyes de la casa se dan cuenta de que en el mundo que ha crecido desmesuradamente en torno a ellos nadie está dispuesto a obedecerles, a sacarles de los problemas en los que se meten, a procurarles aquello que desean o a librarles de lo que no les gusta.

   Su mundo aún no es el ancho mundo, sino un entorno que los protege de lo peor, pero que ya no puede hacer casi nada para protegerlos de eso que surge en ellos, que se apodera de ellos, que les hace pasar a la conducta más desaforada, más destructiva, más lúcida en la medida en que se están dando cuenta de que quieren con ese poder romper el mundo pero ese poder los sobrepasa, los reduce a meros esclavos que actúan forzados, obligados.

   Después de una de esas experiencias su vida cambia. El mundo, los otros, ya no son ni lo mismo ni los mismos. Son extraños que se retraen, que se alejan si pueden, que les hacen el vacío y el silencio. Si alguno se les acerca es para utilizarlos, para que sirvan de ariete, para que una vez puestos de nuevo en esa marcha loca ya no puedan detenerse y hagan lo que les mandan. Si no son demasiado torpes entienden la situación y se aíslan, se retraen, procuran desentenderse de casi todo por miedo a verse otra vez en esa situación de descontrol. No sale, dicen las madres con frecuencia, no tiene amigos; en la casa no habla, a sus hermanos no les dirige la palabra y si lo hace es para responder de mala manera. En las clases puede confundirse con la mesa durante horas o aprovechar una clase indisciplinada para hablar poco y sin gran interés o hacer juegos en general infantiles y torpes con los que intentar llamar la atención y hacerse perdonar por los compañeros. Un alumno así es insistente y carece de límites. Le pillan siempre o casi, le castigan, se siente herido, recibe el golpe como una injusticia y estalla de nuevo. Vuelta a empezar. A empezar pero no lo mismo, sino mucho peor. Tan mal como el prisionero que ha intentado una fuga y ha fracasado.

   ¿Es tan difícil entender que ser libre es ser capaz de darse órdenes y obedecerlas? ¿ Es tan difícil entender que aprendemos a obedecernos en la infancia, cuando nos obligan a obedecer? No es difícil, no debería serlo. ¡ Es tan triste y tan terrible ver cuántos adolescentes son prisioneros de sí mismos, siendo tan casi imposible poder liberar a la mayoría una vez que ya están atrapados en el fracaso de empezar a vivir! ¡ Es tan triste saber que no se les enseña a ser libres cuando habría que hacerlo, cuando es fácil que aprendan! Desaprovechado ese tiempo, más tarde, resulta casi imposible hacerlo

 

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